Las mejores frases de La canción de Aquiles de Madeline Miller

Sin lugar a dudas, una de las lecturas que marcó mi año 2021 fue «La canción de Aquiles» de Madeline Miller. Sus dos protagonistas principales, tanto Aquiles como Patroclo, se ganaron un lugar en mi corazoncito que es suyo para siempre. Si como yo eres una enamorada de esta historia, aquí te dejo varias citas para que recuerdes esos momentos que te derritieron el alma.

¡Alerta de spoiler!

 

«Me bastaba un simple roce o el olor para identificarle; y si me quedara ciego, podría reconocerle por el modo en que respiraba o en que pisaba el suelo. Le reconocería en el fin del mundo, incluso en la muerte»

 

«Jamás voy a dejarle. Será así siempre, hasta que él me abandone»

 

«¿Y pretendes ganarle tiempo al destino?»

 

«¿Por qué iba a matar a Héctor? No me ha hecho nada»

 

«Era deseo de tu padre, príncipe Neoptólemo, que se guardaran juntas las cenizas de ambos. No podemos enterrar a uno sin el otro»

 

«Me dolería más allá de lo imaginable que la guerra terminase mañana y nunca volviera a verte»

 

«Jamás regresarás si vas a Troya. Morirás joven allí»

 

«¿Y pretendes ganarle tiempo al destino?»

 

«—Patroclo es mi camarada por juramento. Su sitio está junto a mí. -Los ojos de la nereida flamearon y casi pude sentir el fuego de los mismos. Vi la negativa formada en sus labios fruncidos.
(…)
—Ahora va a odiarme —le recriminé.
—Ya te odia -me replicó con una rápida sonrisa.»

«Él es la mitad de mi alma, como dice el poeta. Pronto estará muerto y su honor es todo cuanto quedará de Aquiles»

 

«En la oscuridad, dos figuras alargan los brazos a través de una penumbra espesa y penosa. Y cuando las manos se tocan, se derrama la luz de cien urnas doradas por las que el sol parece salir a borbotones»

 

«Aquiles me estaba mirando.
—Siempre tienes revuelto el pelo aquí. —Me tocó la cabeza justo detrás de la oreja—. Creo que nunca te he dicho lo mucho que eso me gusta. —Se me erizó el cabello allí donde sus dedos me habían tocado.
—No —respondí.
—Lo hice. —Deslizó la mano hacia la base de mi cuello y acarició la vena que discurría por el mismo—. ¿Y qué me dices de esto? ¿Te he dicho lo que me parece? Justo ahí…
—No.
—Entonces, seguramente esto… —Movió las manos sobre los músculos de mi pecho, calentando la piel con su tacto—. ¿Te he hablado de esto?
—Algo me dijiste. —Contuve un poco la respiración al hablar.
—¿Y qué me dices de esto? —Su mano se demoró sobre mis caderas, acercándose a la línea de los muslos—. ¿Lo he mencionado?
—Sí.
—¿Y te he hablado de esto…? Seguro que sí, no me habría olvidado. —Esbozó su sonrisa gatuna—. Dime que no.
—No te olvidaste.
—Ni tampoco de esto. —Ahora su mano era incansable—. Sé que te he hablado de esto.
Cerré los ojos y pedí:
—Dímelo otra vez.»

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