Tras las tres situaciones críticas que marcan su vida (la muerte de su padre, su primera vez y el hecho de que su socio le robara su negocio) , Cristina (Crisi para los amigos)  ha acabado viviendo en un micropiso, el cual adora, pero que no deja de ser un micropiso vecino al de la mejor amiga que pueda tener allí, Mari Lu , pero que al mismo tiempo es la madre de dos gemelos hijos del mismísimo Satanás.

 

Desde que John, su amor de la adolescencia, la dejó plantada tras su primera vez, este hecho se convirtió en una de sus pesadillas recurrentes. Le odia por aquello que ocurrió y le llama “el imbécil” pues, el mejor amigo de su hermano no se comportó como debía y, de hecho, no le había vuelto a ver desde entonces.

“Algunas veces todavía recuerdo todo lo que le dije esa noche y yo misma me asombro de lo increíblemente vergonzosa que era. Con los años he mejorado; ahora ando sobrada de desparpajo. Ligar, lo que se dice ligar. No ligo mucho, pero desparpajo… a montones.”

 

Desde entonces y hasta el día que se presenta en su casa, invitado por su hermano, y del brazo de una morena despampanante con la que se pasea. Si es que no puede ser más imbécil, ¿no?

 

Entre su hermano, John y otro puñado de amigos de la adolescencia con los que veraneaba de adolescente han organizado unas vacaciones de una semana en una casa donde van a convivir todos ellos recordando viejos momentos y creando nuevos.

 

“Todavía no ha terminado e hablar y ya me cuesta respirar. Si entendiera de estas cosas me diagnosticaría un ataque de ansiedad en grado máximo. No creo que las ocho porras tengan nada que ver.”

 

El personaje de Crisi es la amiga que a todos nos gustaría tener, y la muchacha con la que muchos nos podemos sentir identificados, es una mujer jovial pero con cierta mala leche, es torpe (porque es bastante torpe) pero es tan humana que la adoramos. Entendemos perfectamente sus sentimientos encontrados ante el irlandés, y es que John, a parte de ser un poco imbécil, es para comérselo. Atento y divertido, y, sobre todo, está buenísimo. Como el buen vino ha mejorado con los años. Pero viene acompañado permanentemente de “la bombero”, Miranda, la mujer de rojo despampanante que para más inri es psicóloga (bueno, estudia primero de psicología, pero ella lo sabe todo, eso está claro). Miranda es el contrapunto perfecto de Crisi, será voluptuosa y guapísima, pero es pedante y arrogante y, aunque va de culta e inteligente, no se da cuenta de cómo se ríen de ella todos los que están en la casa.

 

Junto a ellos, en la misma casa se encuentran los otros amigos de la pandilla de  Crisi. Se trata de un grupo de chicos y chicas de lo más variopinto que nos van a hacer reír a cada pagina. Las situaciones ante las que se enfrentan son, cuanto menos peculiares y, claramente, imaginativas, pues la autora es capaz de hacernos verosímiles algunas situaciones que quizás en otra novela nos resultarían excéntricas, pero en el contexto en el que estamos resultan cómicas, sí, pero perfectamente naturales. Y esto es así porque nos damos cuenta de que los personajes vuelven a ser los adolescentes que eran hace 10 o 15 años, que realmente el tiempo no ha pasado.

 

“Vale, me ha convencido. John…, qué mono, mira que contratar a alguien. Qué atento. Qué dedicación, con el trabajo que tiene. Suspiro embelesada. Me giro y le dedicó mi mejor sonrisa pastelosa.”

 

La novela nos hace recordar los tiempos de adolescencia donde todo era más fácil y la mayor preocupación era si el maromo de al lado nos hacía caso o no. Si os queréis reír un rato, esta tierna historia es totalmente recomendable.

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