1er capítulo Rarita y adorable

1er capítulo Rarita y adorable
Vota este arículo

–Tenemos que hablar –me dijo con firmeza Michael Lee cuando salí del probador improvisado del rastrillo de St Jude, un cuadrado de barras con cortinas, para poder acicalarse bien ante un espejo sucio.
Yo no le dije nada. Me limité a contemplar su reflejo, porque era Michael Lee. ¡MICHAEL LEE!

Ah, Michael Lee… ¿Por dónde empiezo? Los chicos querían ser él; las chicas, de él. Era la estrella de las aulas, los escenarios y las canchas: bastante cerebro para no desentonar entre los empollones, capitán del equipo de fútbol –lo cual le otorgaba la estima de los deportistas–, una falsa cresta y unas Converse gastadas a conciencia para molar a los indies. Encima su padre era chino, con el consiguiente rollo exótico euroasiático. Hasta había escrita una oda a sus pómulos en la pared del baño de chicas de la primera planta del instituto.

Ahora que, por mí, podía ser también una bolsa de Triskys. No me molan nada los que se llevan bien con todo el mundo. Ser guay para todos obligaba a Michael Lee a convertirse en la persona menos interesante del instituto: gran mérito, teniendo en cuenta que mi instituto rezuma mediocridad.

Por eso me extrañó tenerlo delante, insistiendo en que habláramos, con la barbilla un poco ladeada para dar el mejor perfil de sus pómulos merecedores de poemas. También se le veían los agujeros de la nariz, porque era altísimo, el tío, algo descomunal.
–Vete –le dije con aburrimiento, mientras señalaba con un gesto lánguido el fondo de la sala parroquial–. Te aseguro que no me interesa nada que puedas decirme.
La mayoría se habría ido con la cola entre las piernas, pero Michael Lee se limitó a mirarme como si lo mío fuera pura pose. Después se atrevió a ponerme una mano en el hombro, para girar mi cuerpo tenso y encogido.
–Mira –dijo. Su aliento en la cara hizo que me encogiese aún más–. A mí esto no me cuadra.
En lo único que pude concentrarme fue en que Michael Lee me hubiera puesto en la clavícula aquella mano sexy que jugaba al beísbol y ganaba premios literarios. No estaba bien. Peor: estaba mal, fatal, horrible. Apreté los ojos en acción de protesta y, al abrirlos, vi a Barney, a quien había dejado –con reparos– al frente de mi puesto.
Estaba hablando con una chica. Y no cualquier chica, sino Scarlett Thomas, novia, qué casualidad, de Michael Lee. Yo no le reprochaba que fuera su novia. Lo que le reprochaba era ser una necia y tener una voz muy irritante, una especie de susurro de bebé que me crispaba, como cuando machacan cubitos de hielo. Para colmo, Scarlett tenía una larga melena rubia que se pasaba horas y horas peinando, mimando, acicalando y echando de un lado para el otro, con el resultado de que si estabas detrás de ella en la fila del comedor corrías un gran riesgo de acabar con la boca llena de pelos.

Eso hacía precisamente mientras hablaba con Barney, a golpe de melena y con sonrisa de tonta, a la vez que él, no menos sonriente, bajaba la cabeza como cuando no está cómodo. No fue una imagen que me llenara el corazón de gozo, pero en fin…
–Pues a mí sí que me cuadra –le dije, seca, a Michael Lee–. Solo veo a tu novia hablando con mi novio.
–No lo digo porque hablen.
–¿De ecuaciones de segundo grado, y de todas esas cosas que no entiende Scarlett y que la han hecho suspender el examen final de mates de secundaria y tener que volver a examinarse? –Mi mirada se volvió despiada–. Por eso la señora Clements le ha pedido a Barney que dé clases de refuerzo a Scarlett. ¿No te lo había comentado?
–Sí, sí que me lo ha comentado. Lo que no me cuadra no es que hablen, es que en realidad no hablan. Están ahí parados, mirándose –observó Michael.
–Qué tonterías dices –respondí.
Aun así lancé una mirada de reojo. Era verdad: Barney y Scarlett se miraban. Saltaba a la vista que si se miraban tanto era por falta de temas de conversación, y que eran miradas incómodas, nerviosas, debidas a la absoluta carencia de cosas en común.
–Aquí no pasa nada, rien de rien –añadí, mirando de nuevo a Michael Lee–. Bueno, aparte de que Scarlett y tú hayáis venido a un mercadillo a haceros pasar por pobres.
Ahora que lo hemos aclarado no dudes en seguir con tus ocupaciones.
Michael abrió la boca como si tuviera algo que añadir sobre el hecho del todo inexistente de que Barney y Scarlett se mirasen con cara de bobos, pero acabó cerrándola.

Yo esperaba que se fuese para seguir también con mis ocupaciones, pero de repente se acercó.
–Algo se traen entre manos –me dijo inclinando la cabeza.
Sentí otra vez su aliento en la mejilla, y tuve ganas de ahuyentarlo con un gesto de enfado. Él se irguió–. Por cierto, muy bonito el vestido.
Su media sonrisa, casi burlona, me indicó que no lo decía en serio, y me hizo preguntarme si en contra de lo que pensaba el insulso exterior de Michael Lee no encubriría abismos secretos bajo su superficie.
Mi fuerte bufido de desprecio acabó de dibujar la sonrisaen sus labios. Después se fue.
–Jeane, cariño, no te lo tomes a mal, pero lo ha dicho con sarcasmo. Este vestido no te queda nada bien –dijo a mi izquierda una voz apenada.
Miré a Marion y Betty, dos voluntarias del comité social de St Jude que llevaban el puesto de pasteles y vigilaban los probadores. Sus miradas severas eran capaces de ahuyentar al más recalcitrante de los pervertidos, y si fallaban aquellas miradas de reproche, seguro que apedrearían a los mirones con galletas.
–Sí, ya sé que lo ha dicho con sarcasmo, pero se equivoca, porque este vestido es flipante –respondí, mientras retrocedía para seguir acicalándome, aunque ya no estuviera concentrada.
Era un vestido negro. Normalmente no me pongo nada negro. ¿Para qué, con la de colores fantásticos que hay en el mundo? El negro es para gente sin imaginación, y para los góticos que aún no se han enterado de que ya no estamos en los noventa. Lo que ocurre es que aquel vestido no era solo negro, sino que tenía un estampado horizontal en amarillo, verde, naranja, azul, rojo, morado y rosa que me mareaba, y me quedaba tan bien que parecía hecho a medida, cosa poco habitual, ya que mi cuerpo es muy raro. Soy bajita, metro cincuenta y pico –casi sin pico–, y tan compacta que me sirven las tallas infantiles, pero al mismo tiempo soy ancha. Mi abuelo siempre decía que le recordaba a un poni de minero –cuando no me decía que las niñas, ver y callar–.
Vaya, que soy ancha, por no decir que soy un retaco. Tengo las piernas francamente musculosas, de ir mucho en bici, y el resto de mi cuerpo también es bastante recio. Sin mi pelo gris –tenía que ser blanco, pero mi amigo Ben solo llevaba dos semanas de prácticas de peluquero y se le fue la mano–, y el pintalabios rojo chillón que siempre llevo, me habrían podido confundir con un niño rechoncho de doce años. Sin embargo, aquel vestido tenía tantos pliegues, pinzas, detallitos y rayas horizontales que al menos daba una sensación de formas. Yo es que la pubertad no la llevé muy bien: en vez de curvas femeninas, me llené
de bultos.
–Estarías tan guapa si te pusieras un vestido como
Dios manda, y no estos trapos de mercadillo… Ni siquiera sabes de dónde vienen –se lamentó Betty–. Mi nieta tiene mucha ropa que ya no se pone. Podría buscar algo para ti.
–No, gracias –dije con firmeza–. Me encantan los trapos de mercadillo.
–Ya, pero es que alguna de la ropa vieja de mi nieta es de Topshop…
Pese a la dificultad de contenerme, no empecé a despotricar sobre lo malo que es comprarse la ropa en las grandes cadenas, que cada temporada imponen los mismos cinco looks para que todo el mundo se vista igual, con ropa cosida por niños explotados del Tercer Mundo que cobran en vasos de maíz.
–No, Betty, en serio, es que me gusta ponerme cosas que ya no quiere nadie. No es culpa de la ropa haber pasado de moda –insistí–. Además, es mejor reutilizar que reciclar.
Cinco minutos después, el vestido era mío, y luciendo de nuevo mi falda lila de abuela y mi jersey mostaza fui hacia el puesto donde Barney hojeaba una pila de cómics amarillentos. Por suerte no quedaba rastro ni de Scarlett ni de Michael Lee.
–Te traigo un trozo de pastel –le dije. Mi voz le hizo levantar de golpe la cabeza y tiñó de
rosado su piel blanquecina. Nunca había visto a ningún chico que se pusiera rojo tantas veces como Barney. De hecho, hasta que lo conocí ni siquiera estaba segura de que los chicos se pudieran poner rojos.
Esta vez no fue por nada en especial, a menos que…No, no pensaba gastar mi valioso tiempo en las descabelladas teorías de Michael Lee. Claro que…
Oye, ¿qué hacían por aquí Michael Lee y Scarlett Thomas? –pregunté como quien no quiere la cosa–. No les pega mucho ir de mercadillos… Seguro que ahora se están desinfectando del olor a segunda mano. Barney estaba tan rojo que parecía que le hubieran metido la cabeza en una olla de agua hirviendo. Se encorvó para taparse la cara con una cortina de pelo sedoso, y gruñó algo ininteligible.
–Tú y Scarlett –lo animé.–Eeeh… ¿Qué pasa conmigo y con Scarlett? –preguntó con voz ahogada.
Me encogí de hombros.
–Me estaba probando unos vestidos y acabo de verla por el puesto. Espero que le hayas colocado aquella taza un poco rota que no consigo vender, aquella de «Los jugadores de rugby tienen las pelotas raras».
–Pues no, no he tenido ocasión –reconoció Barney como si confesara algo vergonzoso–. Además, la taza está muy rota.
–Tienes razón, mucha razón. No me sorprende que no lo hayas conseguido –dije, ladeando la cabeza en un gesto que esperé fuera de comprensión–. Se os veía muy compenetrados. ¿De qué hablabais?
Barney empezó a manotear.
–¡De nada! –gritó, justo antes de darse cuenta de que «nada» no era una respuesta adecuada–. Hablábamos de problemas de mates, y de cosas –añadió. Hasta entonces había estado segura de que entre ellos dos no había nada más que unas cuantas fracciones compuestas, pero su aparente culpabilidad me obligó a replantear mis teorías. Supe que podía sonsacarle la verdad en cuestión de nanosegundos, y que esa verdad era que a Barney le gustaba Scarlett; como era una chica muy guapa, y no exigía un gran esfuerzo intelectual, estaba bastante cotizada. No tenía sentido enfadarse por eso, aunque yo hubiera educado a Barney para cosas mejores. No valía la pena seguir con el tema, la verdad. Demasiado aburrido.
–Te he traído un trozo de tarta –le recordé.

Vi que movía los ojos de un lado para el otro, como si no supiera muy bien si el cambio súbito de tema ponía punto final a lo de Scarlett o era una estrategia malévola para pillarlo.
Por una vez, no era lo segundo. Le di una porción enorme de tarta, oculta bajo una servilleta. Él la sujetó con precaución.
–Ah, pues gracias –murmuró al destapar el premio. Vi que su cara pasaba del rosa oscuro al blanco sábana. Barney era tan blanco de piel que le faltaba poco para ser albino. Él odiaba su tez casi tanto como su pelo naranja. En el colegio, los pequeños lo llamaban «el callo pelirrojo», pero Barney no era pelirrojo; en realidad, tenía el pelo de color mermelada de naranja, menos cuando le daba el sol y se convertía en una llama viva, que era la razón de que yo le hubiera prohibido teñirse. Tampoco era ningún callo. Cuando no le tapaba la cara su tupido flequillo, sus facciones eran de una delicadeza casi femenina, y sus ojos, esos que me miraban suplicantes, de un verde acuático. Nunca había conocido a ningún otro chico que se definiera por el blanco, el naranja y el verde. La mayoría eran azules o marrones, pensé, tomando nota de profundizar durante la semana en esa teoría cromática y colgarla en mi blog. Después volví a fijarme en Barney, que con una mueca empujó hacia mí la servilleta y lo que contenía.
–¡Es tarta de zanahoria! Yo asentí con la cabeza.
–Tarta de zanahoria con una capa de queso fresco encima. ¡Mmm!
–De «mmm» nada. Es lo menos «mmm» del mundo. Te había pedido que me trajeras un trozo de tarta. ¡DE TARTA!
Y tú me vienes con algo hecho de zanahoria y queso…Esto de tarta no tiene nada –replicó Barney–; es la antitarta con pinta de tarta.
Mi única respuesta fue mirarlo. Ya lo había visto alguna vez de mal humor –casi siempre por mí–, pero nunca tan impertinente.
–Pero si tú comes zanahorias… –me atreví a decir con timidez, expuesta a la ferocidad de su mirada–. Estoy segura de haberte visto comer zanahorias.
–Las como porque me obligan, pero siempre para acompañar carne o patatas.
–Lo siento –dije, tratando de sonar sincera. Barney estaba de un humor imprevisible y no quise desencadenar otra explosión–. Siento haberla fastidiado al elegir la tarta.
Está claro que es un tema que tengo que perfeccionar.
–Bueno, supongo que tampoco es culpa tuya –decidió él con magnanimidad. Me miró por debajo del flequillo, con un vago atisbo de sonrisa en los labios–. La verdad es que eres malísima eligiendo tartas, pero da gusto pensar que seas mala en algo. Ya empezaba a extrañarme.
–Soy mala en un montón de cosas –le aseguré, juzgando probable que no fuera peligroso quedarme con él dentro del puesto–. No sé hacer la voltereta lateral.
Nunca le he pillado el tranquillo al alemán, ni tengo los músculos faciales lo bastante fuertes como para levantar solo una ceja.
–Eso es genético –dijo Barney–, aunque creo que se puede aprender.
Me levanté la ceja derecha con un dedo.
–Puede que si me la aguanto con celo cada noche, esperando que se active mi memoria muscular…
–Me apuesto lo que quieras a que en Internet hay instrucciones–dijo Barney con entusiasmo: era el típico tema recóndito y aleatorio que le gustaba investigar–. Le aplicaré todo mi Google–fu, ¿vale?
Volvíamos a ser amigos; bueno, novios. Fui a buscarle un trozo de tarta de chocolate, y me pasé el resto de la tarde ampliando la lista de cosas en las que era malísima y haciéndole reír con ellas. Todo arreglado. Pasamos un buen rato, aunque no entendí que tuviera que rebajarme para que Barney se encontrase a gusto con nuestra relación, siendo yo una feminista de las de tarjeta. Literalmente, ¿eh? En mis tarjetas de visita pone «feminista». Por una vez, no obstante, me incliné por lo más fácil, ya que no podía soportar la idea de tres horas con Barney de morros. Ni siquiera le grité cuando se le cayó el refresco en la funda de punto que había tardado siglos en hacer, una para bolsas de agua caliente donde pone «Rarita y adorable».

Autor : Paola

"A los que buscan aunque no se encuentren; a los que avanzan aunque se pierdan; a los que viven aunque se mueran"

Comparte este artículo en