1er capítulo La interpretadora de sueños

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Contaban los habitantes de Praga que algunos locos habían llegado a cobrar hasta dos coronas por un hígado de cisne. Y era cierto el rumor, aunque sólo podían permitírselo los especuladores más hábiles y faltos de escrúpulos, que luego lo revendían con importante ganancia, los hígados por lóbulos y las pechugas a tajadas, en los soportales y plazas aledañas a la Ciudad Vieja, normalmente envueltos en hojas del periódico alemán Frankfurter Allgemeine, a modo de inequívoco señuelo para compradores: periódico alemán doblado en cuatro partes era sinónimo de cucurucho repleto de entrañas de cisne, y siempre a la entrada o salida de las calles más retorcidas, con el fin de evitar la confiscación de los guardias, quienes tanto se felicitaban por tener un olfato fino para el hígado fresco (comparable al de las moscas para el podrido) como maldecían el contar con piernas lentas, por proceder casi todos de los desechos de milicia que no pisaron los frentes ni abrieron las trincheras. Corría la certeza de que el cisne cocido, y a ser posible de una hembra que no hubiera puesto, resultaba ser el mejor antídoto para la gripe porque disolvía la cepa del microbio en un ácido especial y aclaraba la garganta, así como la piel de la cara y los brazos, sanaba de inmediato la tos ferina en los niños, quitaba las pecas y daba calor a los riñones.

No era raro que los transeúntes fueran asaltados por vendedores del más variado género y proceder dentro de lo grotesco, desde dudosas damas que vendían a cinco haluras estampas de Masaryk (arropado con casaca rojo sangre de oficial) y a diez haluras las del barón Richthofen (bastante más exótico, mostrando el perfil de la cicatriz), hasta tullidos de bigotes otomanos luciendo uniformes cargados de medallas y cruces, pasando por rameras, listos de nacimiento, profetas y caballeros de capotes raídos, bolsillos vacíos y méritos civiles, que pregonaban casi al oído sus mercancías:
—¡Filetes de cisne, y no son del Moldava!
Aunque todos sabían que sí lo eran.
— ¡Tabaco turco! ¡Jabón americano! ¡Carne de cisne sin abrir! ¡Huevos no empollados! ¡Y el mejor hígado ya cocido o fresco! ¡Al peso! ¡También corazones, cabezas y patas, las mejores para sopas!
— ¡Testículos de lobos de los Cárpatos! ¡Machacados es lo mejor para soportar el gas mostaza y si se tienen campos por sembrar y las patatas no agarran!
—¡Hígado de cisne a mitad de corona! ¡Parejas de estorninos a veinte haluras! ¡Se aceptan marcos nuevos de Weimar y dinero americano y francés!
Todo eran pregones, pero a finales de octubre de 1919 ya no quedaba un ejemplar de cisne, de oca, ni de otras especies anátidas. Dos meses antes (en realidad desde que empezó el verano y se agotaron las lluvias), la desesperada población, valiéndose de barcachas artesanales, había espulgado todos los nidales de los meandros del Moldava y habían conseguido esquilmarlos por completo, parecía imposible hallar un cepellón de jacinto que no hubiese sido tronchado, hasta el punto de que nadie vio nadar en el Moldava a un solo polluelo en la temporada. Los estorninos boreales, que no hace mucho anidaban a miles de miles en los ojos de los puentes y competían con las palomas por las mejores torres, ahora sólo podían contemplarse volando tan altos como golondrinas, en bandadas minúsculas, y únicamente por los alrededores del parque Letná o en los muros más inaccesibles del castillo Hradzin; lo mismo estaba ocurriendo con otros ánsares y aves de paso. La escasez de carbón y de productos de primera necesidadhabía empujado a la gente a alimentarse de cualquier  cosa digna de ser comida. Así que Sarah Georginas no se extrañó de la ausencia de pájaros en su camino hacia la taberna de Los Dos Osos Dorados. Había oído que los militares fusilaban a los perros en las tapias del monasterio Strahov y que después se repartían la carne, incluso se la jugaban a las cartas o a partidas rápidas de un ajedrez autóctono que comenzaba con la mitad de peones y terminaba en la mitad de tiempo, y muchos la revendían o la donaban a cambio de variados favores casi siempre de índole sexual. Sabido era que los soldados batían los arrabales de Praga recogiendo los numerosos chuchos de la calle, que eran amontonados en un furgón tirado por un solo y triste caballo, y que los indefensos animales tiroteados, cuando no matados a culatazos, a palos o a simples pedradas, siempre eran desollados aún calientes y descuartizados allí mismo. Al llegar al final de la avenida Mostecka, Sarah Georginas decidió girar a su izquierda y tomar el sendero llamado, nadie sabe por qué, de «Los Tres Avestruces» en vez de cruzar el río por el puente de Karluv. Sabía que su recorrido se vería ampliado en un kilómetro y que debería atravesar un parque descuidado y sombrío, el Vojan; sin embargo, era preferible a cruzar aquel puente y toparse con una cuadrilla de nostálgicos austrohúngaros que no se definían perdedores de la guerra y venteaban los despojos de un imperio decimonónico, sin más oficio que el pillaje urbano, sin más herencia que gripe y piojos, y sin más morada y aposento que las covachas arrebatadas a los primeros arcos del puente... O lo que era funestamente peor, tropezar en las esquinas que desembocaban en el río con algún desalmado, cuchillo en mano, imitador y devoto del Salchichero de Múnich —al que intuían escondido en la frontera bohemia—, ofreciendo baratijas doradas, libras inglesas de sucedáneos de café y cigarrillos a cambio de matarte a capricho en su sótano.

El 2 de octubre de 1919, un jueves, el cielo sobre Praga se mostraba hermoso pero muy violento: en esa época del año la temperatura variaba bruscamente, los mediodías parecían de primavera y los atardeceres auténticas avanzadillas del invierno más crudo; las nubes no dejaban de moverse a ojos vistas, parecían ir de aquí para allá desordenadamente en vez de trazar recorridos rectos, además eran panzudas y negras, como exhaladas por una chimenea siniestra de fogón inagotable, y es que daba la sensación de que sobre la recién creada Checoslovaquia el rescoldo de la guerra no se hubiese apagado del todo y boqueara sus últimas y hediondas volutas. El propio aire era tan húmedo en las riberas del Moldava que la cara y la ropa se empapaban de agua sólo después de calar la piel y enfriar los huesos. A decir verdad no estaba asustada, pero sí precavida, por eso no se sobresaltó cuando al unísono estallaron las ochenta y tres campanas de las iglesias praguenses anunciando que eran las seis y media. Se dio un segundo de respiro. Miró a un lado y a otro, al interior del parque y a la orilla del río, a la tierra y a las nubes. El silencio le resultaba tan absoluto que habría preferido que las campanas hubiesen vuelto a restallar. Por fin llegó a la boca del puente Manesuv. Apretó el paso y lo cruzó, los ojos semicerrados a causa del levantisco viento y un solo pensamiento en su cabeza: convencer al hombre con el que se había citado para que cuidara de su pequeño hijo Rudolf durante su ausencia. No podía confiar en nadie más, hacía dos años que no le veía, pero había recibido puntualmente sus escritos publicados y era consciente de la gran amistad que había unido a ese hombre con su marido.

Sólo cuando dejó atrás el puente, y vislumbró la peculiar silueta de la sinagoga Pinka, se sintió verdaderamente aliviada. Prefirió adentrarse por la avenida Kaprova, cuya instalación eléctrica había sido reparada a conciencia para engalanar el paseo nocturno de Masaryk el día de la proclamación de la República y que aparecía iluminada como una arteria irreal que bombeaba luz en vez de sangre al corazón de Praga; siguiendo por esa avenida recorrió la frontera izquierda del barrio judío —Josefov— mientras se preguntaba por qué aquel hombre no la había citado en una de las cafeterías de la zona, siendo ambos judíos de nacimiento. Llegó a la altura de la iglesia de San Nicolás, cruzó la plaza del Ayuntamiento de la Ciudad Vieja y sin esfuerzo encontró el pavés de la calle Melantrichova, justo donde se ubicaba el lugar de la cita. Dos fanales de cristal alumbraban la entrada, sobre la puerta un gastado escudo heráldico con dos osos gemelos, debajo un cartel de chapa roja con una jarra espumosa y una taza humeante, y aun detrás de un pasador de vidrio esmerilado podía sentirse plenamente una suave música y un emblemático aroma a café, cerveza y calor. Sarah Georginas no quiso pensar nada más. Ni qué sensación iba a causar en aquel hombre, ni siquiera si era o no recordada por él con el afecto que ella mantenía y la admiración que le habían causado sus escritos. Estaba segura de que era una persona singular pero un buen hombre, y, aparte de solicitar su ayuda, bien es cierto que también se alegraría simplemente con verle y preguntarle qué tal estaba. Ese hombre era Franz Kafka. Cuando cruzó aquel pasador esmerilado se sorprendió de cuánta gente había y del ambiente tan selecto que emanaba el local. Desanudó el pañuelo que le cubría la cabeza y dio una vuelta en redondo: le reconoció en seguida a pesar de que él estaba de espaldas, acompañado por otro hombre con el que mantenía una acelerada conversación, en una mesa cerca de un ventanal cerrado. Cuando estuvo a un metro de la mesa fue el acompañante desconocido quien se levantó y la invitó a tomar asiento.
—¡Sin duda es usted la mujer que esperaba tan ansiosamente mi amigo Franz!
Ella no le conocía, no le había visto nunca, aunque hacía unos años que, dedicada por completo a su hijo, no frecuentaba los círculos de artistas formados al abrigo de la guerra. Era un hombre de unos treinta años, algo entrado en carnes, vestido correctamente, con inequívocos aires de judío, llevaba el pelo tozudamente revuelto a pesar de que se adivinaban sus esfuerzos por mantenerlo peinado, y sus ojos, aunque expresaban vigor y contundencia juveniles, no eran capaces de desplazar cierta melancolía.

Franz Kafka se incorporó. En ese instante acercaba la taza de café a los labios y a punto estuvo de tirarla sobre la mesa.
— ¡Georginas! ¡No sabes cuánto me alegra verte!
Ella sintió un estremecimiento, pero abrió los ojos cuanto pudo y estrechó la mano de su amigo.
— ¡Franz...! Yo también me alegro mucho de verte. He leído todo lo que has publicado, y tu hermana Otti me había dicho que has estado enfermo desde el invierno, excepto para escribir... También me dijo que habías vuelto del balneario de Schelesen... Pero te veo muy bien. En realidad, estaba muy delgado. Sus tiernos ojos hundidos, su boca ensumida y la nata disposición a sentirse nervioso le hacían parecer incómodo y enfermizo. No obstante, estiró los labios hacia las orejas y a pesar de la planitud de sus facciones le sonrió con sinceridad. El escritor tenía entonces treinta y seis años.
—Bueno —aconsejó su amigo—, creo que deberías presentarme a la señora... Es lo menos que puedo esperar de un colega tan admirado.
—Claro... Georginas: este es mi amigo Werfel. ¡Franz Werfel! Uno de nuestros mejores poetas y una de las mentes más lúcidas del país. Aquí donde le ves, estaba a punto de comprobar, sirviéndose de las cucharillas del café, si la poesía de Moravia pesa más o menos que la bohemia, y si esta es más transparente que la alemana...

Werfel se irguió hasta el límite de lo que su rechoncho cuerpo pudo permitirle, dio un taconazo militar y tendió la mano a la manera de un ridículo aristócrata a Sarah Georginas, sin apartar los ojos de su mirada y embelesado en el porte de la mujer. Realmente era muy guapa, a los veintiséis años no había perdido ni un gramo de su hermosura juvenil, si acaso la edad y la experiencia de ser madre la habían dotado de la serenidad que hace más inalterable a la belleza.
—Werfel: esta es Georginas, también se llama Sarah, así te evitas preguntarle si tiene o no ancestros judíos... La mujer del que fue mi mejor amigo: Willfred Lorre. Y mi primer editor. Ya te hablé de él.
—Señora, no lo digo sólo por cortesía —exclamó Werfel—, ahora soy yo quien le ruega de nuevo que se siente a nuestra mesa y que permita que le pida un café, o lo que desee, pídame el castillo más grande de Praga y yo se lo entregaré de inmediato. Es fácil entender que con señoras como usted es muy necesario que exista la poesía, pero comprende uno en seguida que no es posible pesarla con cucharillas de café...
—Ya te he dicho que es poeta, pero tu marido también lo era, así que no deben sorprenderte sus halagos; los poetas no saben, ni deben, hacer otra cosa. Será mejor que tomes asiento, Georginas, también yo me pediré un café... En cuanto a la poesía, hablábamos de ese viejo tema de si es mejor la lírica o la épica para expresar la conducta humana. Pero no te preocupes, habíamos llegado a la conclusión de que hay poco que decir incluso en poesía... La guerra ya lo ha dicho todo: cada disparo es un verso; cada ráfaga, un poema; una batalla, un canto... ¿Para qué más poesía que esos páramos llenos de cadáveres, árboles des nudos y brumas? Ahí reside la verdadera poesía, esa es la madriguera, ese es el sustento... ¡Pero no hablemos de preocupaciones vanas, ya se encarga la Historia de poner voz a nuestros silencios!

Mientras los tres tomaban café, la música que sonaba en Los Dos Osos Dorados se tornó más compacta, más sinfónica.
— ¡Te lo dije! —replicó Werfel—. ¡El gramófono funciona: resistió a la guerra al igual que esa partitura maravillosa!
—Antonin Dvorak... —musitó Franz.
— ¿Qué significa? —preguntó ella.
—Significa que hemos convertido a Dvorak en el símbolo sonoro de la patria. Si no silbas una pieza de Dvorak eres sospechoso de no ser checoslovaco.
—Pero, Franz, ¡es la Sinfonía del Nuevo Mundo! Ya hemos hablado de eso antes, y continúo pensando que deberías cambiar el título de esa novela tuya. ¿Usted qué opina, Sarah Georginas? ¿No le parece hermosa esta música? ¡Hasta es una lástima que ese aparato no suene más alto!
—Disculpa a Werfel —le pidió Kafka—. Y háblanos de ti, no creo que interfiera mucho a la música. ¿Cómo está el pequeño Rudolf? ¿Sabe ya leer?
—Sí. Sí sabe, es un niño muy listo, acaba de cumplir siete años. De él quería hablarte, Franz. No sé cómo decírtelo...
Es una situación nueva para mí, verás, desde que murió Willfred sólo una vez he mantenido contacto con su familia, y fue a través de un intermediario: a cambio de mi silencio y de no molestarles se encargarían de encontrarme un trabajo en Praga para que el niño no fuese entregado a un hospicio y pudiera mantenerlo, entonces dije que no. Aceptarlo habría sido como aceptar de buen grado que nieguen la paternidad de Willfred sobre mi hijo.

Sarah Georginas hablaba atropelladamente, se había agarrado a la taza de café como quien se aferra a una barandilla para evitar caer al vacío, quería fijar la mirada en los ojos de Franz Kafka pero era consciente de que se perdía en sus propias palabras y que un tinte de dramatismo estaba envolviendo su voz y sus gestos. Entonces respiró con profundidad y le dio un sorbo al café.
— ¡He decidido actuar sobre la herencia de mi hijo y quiero que sean reconocidos sus derechos!
—Me parece lógico —apuntó Franz.
—He llegado a esta situación después de resistir durante estos amargos años, pero he oído que el hermano de Willfred, Peter, se ha casado. Lógicamente tendrá descendencia, aunque sea un solo hijo. Esto significa que Rudolf Lorre perderá definitivamente sus derechos de familia.
—Entiendo —dijo Kafka.
—Pues yo no entiendo nada, y discúlpeme, Georginas—reclamó Werfel—, ¿está diciendo que su hijo no recibirá una herencia legal porque el hermano de su difunto marido se ha casado? Creí que eso sólo pasaba en las Casas Reales y en la Iglesia.
—Es mucho más complejo, amigo Werfel. Lo que Georginas dice es que se ha abierto un nuevo frente en su guerra particular... Cada ser humano es un metro cuadrado del campo de batalla universal.
—Así es... —asintió ella—. El caso es que pasado mañana viajo a Viena...
— ¿A Viena?
—Sí. En automóvil. Llevo más de tres meses esperando la cortesía del señor Wolff, quien posee uno de esos automóviles nuevos de cuatro plazas. Desde Viena encontraré algún medio para llegar al castillo de los Lorre.
— ¡El castillo de los Lorre! Suena bastante enigmático—apuntó Werfel mientras sorbía su café sin dejar de prestar la máxima atención.
—Mi hijo es un Lorre, señor Werfel.
—Y yo soy el padrino de ese niño, de Rudolf... Me siento como un mal padre por no haber prestado atención a ese pequeño, es lógico que la amistad que me unía a Willfred y la gratitud que recibí de él la traslade a su hijo si puedo ayudarle. Otti me dijo que querías verme y que probablemente necesitarías ayuda...
—Bueno, yo no le dije exactamente eso.
—Ella es muy intuitiva, de mis hermanas la que más...
—Quería verte por R
udolf, por Willfred y por mí misma. Te he dicho que he leído todo lo que se dignan publicarte.—¿Lee usted sus libros en alemán o en checo? —preguntó Werfel.
—No tiene importancia —dijo Franz.
—¡Sí la tiene! ¡Es importante que tu obra sea distribuida en ambas lenguas, la gente tiene derecho a elegir cómo quiere leerte, si en el idioma en el que escribes o en el que te traducen!
—Lo he leído en checo. Menos La metamorfosis, que me regalaste personalmente, lo demás ha llegado a mis manos traducido. Pero no importa. Es hermoso. Me parece fascinante lo que escribes.
—Eso no tiene importancia, y es más bien un mundo sórdido —murmuró el escritor—. Ni siquiera escribir es importante.
—Willfred te publicó tus primeros poemas.
—Cierto, en Hyperion. Y me hizo feliz. Todavía recuerdo cuando queríamos ser como Goethe, o al menos como el joven Werther, recitábamos de memoria esos versos en los puentes del Moldava y sobre todo en aquel balneario donde fuimos un verano buscando el sol. Pero dime, Georginas, si vas a Viena, ¿qué harás con el niño?
—Ese es el quid de la cuestión, la pata del taburete y la sexta punta de la estrella, amigo mío... —apostilló con simpática astucia Werfel—. ¿No estabas dispuesto a purgar tus malas acciones de padrino con sal y harina? Ahora es el momento de hacerlo... ¿Me equivoco, señora?

Sarah Georginas no tuvo menos que sonreír y bajar los ojos. Por un lado estaba ruborizada: jamás había tenido la necesidad de solicitar una ayuda de esta índole; por otro, la voz, los gestos exagerados, y el rostro ancho como de búho que tenía aquel poeta la hacía sentirse más tranquila y menos pesarosa.
—Sí. Esa es la cuestión y ese el principal motivo de mi encuentro contigo, Franz. Si estoy aquí ahora es porque Rudolf está bien. Lo cuida una mujer que quedó sin marido y sin casa en la guerra, a cambio de alojamiento, comida y una corona semanal como pago de sus lecciones, deseo que le enseñe bien el alemán, como quería su padre, leído y escrito (yo también me encargo, claro).

Me he resistido a desprenderme de las cosas de Willfred, mucho menos de sus libros, los pagarían mal y quiero que sean para Rudolf... He estado trabajando mucho estos meses para ahorrar algún dinero y poder hacer este viaje tan importante. El caso es que esa mujer que le cuida, la señora Grubach, sólo estará hasta esta noche, tenía que haberse marchado hace ya dos días y me ha hecho el favor de permanecer hasta hoy en la casa. No es muy literario, pero cuando yo llegue se irá y no volverá. No la culpo: va a casarse de nuevo, desea tener su propio hijo, es una buena mujer y se merece toda la felicidad del mundo... El viaje a Viena es inaplazable, o lo hago ahora o no tendré otra oportunidad. El señor Wolff también se desplaza por motivos familiares, creo que va a un entierro que sucedió hace semanas, pero se ha llevado meses esperando a que le entregaran el auto, aunque es de cuatro plazas no ha sido fácil hacerme con un hueco.
— ¿Quieres que me haga cargo de Rudolf estos días? Sarah Georginas bajó la cabeza. Es ese momento, probablemente para romper el conato de dramatismo en la voz de la mujer, Franz Werfel levantó un dedo al aire y solicitó la atención de sus acompañantes.
— ¡Ahora es el cuarto movimiento! A decir verdad es el único movimiento que viene en ese disco, que por cierto debe de ser el único de toda Praga. Óigalo atentamente, Georginas, ya sé que está triste y preocupada, pero verá cómo esta música es capaz de aliviar su realidad, la nuestra y la de cualquiera. ¡Sinfonía del Nuevo Mundo!

Autor : Paola

"A los que buscan aunque no se encuentren; a los que avanzan aunque se pierdan; a los que viven aunque se mueran"

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