1er capítulo En tu piel

1er capítulo En tu piel
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Miércoles, 7 de marzo de 2012

Peligroso.

Durante meses he soñado y he tenido pesadillas sobre la precisión con que él encarna esta palabra. Realidades oníricas y paralelas en las que puedo percibir su aroma masculino a almizcle, sentir su cuerpo en tensión contra el mío. Degustar su sabor dulce y sensual: como esa suave insistencia del chocolate con leche a la que sucumbo dando un bocado más. Y otro. Tan bueno que olvido que el abuso tiene un precio y que ese precio existe, porque siempre hay un precio. El sábado por la noche recibí un recordatorio de esta lección de vida. Y ahora sé que, diga lo que él diga y haga lo que él haga, no puedo verlo —ni volveré a verlo— nunca más.

Con él todo empezó como cualquier otra aventura erótica. Imprevisible. Excitante. Apenas recuerdo cuándo se torció todo, cómo llegó a adoptar un cariz tan siniestro. Me ordenó que me desnudara y me sentase sobre el colchón, apoyada en el cabecero de la cama y con las piernas abiertas para que pudiera verme. Desnuda ante él, abierta para él, me sentía vulnerable y temblaba de deseo. Nunca antes había recibido órdenes de ningún hombre y, sobre todo, nunca pensé que llegaría a estremecerme con nada. Pero me estremecía por él.

Lo que sí quedó demostrado el sábado por la noche fue que, una vez estuviera con él, bajo su hechizo, podía pedirme lo que quisiera, que yo lo obedecería. Conseguía llevarme al límite, a lugares impensables donde jamás imaginé que me internaría.

Y es precisamente por esto por lo que no puedo verlo más. Hace que me sienta poseída, y lo desconcertante de este sentimiento es que me gusta. Y, aunque lo deseo ardientemente, apenas consigo entender cómo tolero que esto suceda. Pero, el sábado por la noche, cuando lo vi de pie al otro lado de la cama, tan fuerte y corpulento, con esos músculos vigorosos y el miembro erecto, no había lugar para otra cosa que no fuese ese deseo.

Estaba espléndido. Es sin duda el hombre más impresionante que he conocido jamás. La lujuria estalló en mi interior de forma instantánea. Pero he aprendido a no tocarlo sin su permiso.

Y a no rogarle que me permita hacerlo. Esta lección la aprendí en encuentros anteriores. Disfruta muchísimo con la vulnerabilidad de una súplica. Disfruta negándome sus placeres hasta que estoy casi temblando porque me arde todo el cuerpo. Hasta que soy todo calor líquido y lágrimas.

Le gusta tener ese poder sobre mí. Le gusta tener todo el control. Debería odiarlo. A veces creo que lo quiero. La venda debió advertirme de que me dirigía hacia un punto sin retorno. Ahora que lo pienso, creo que sí lo hizo. Él la arrojó sobre la cama, en un reto, y un escalofrío me recorrió la columna de arriba abajo. La idea de no poder ver lo que me sucedía debió de excitarme; me excitó, de hecho. Pero, por razones que no entendí entonces, también me asustó. Estaba asustada y vacilé. Eso no le gustó. Me lo dijo con esa voz grave y profunda que hace que me estremezca de forma incontrolada. La necesidad de complacerlo era tan imperiosa que me puse la venda.

Como premio, el colchón se movió. Se estaba acercando a mí. Supe que en un momento me llevaría al clímax. Me deslizó las manos de manera posesiva por las pantorrillas y subió por los muslos. Pero, maldito sea, se detuvo justo antes del centro de mi deseo.

Lo que vino después fue un oscuro torbellino de sensaciones. Me tumbó de espaldas sobre el colchón. Sabía que iba a satisfacerme en cuestión de segundos. No tardaría en penetrarme. Pero, para disgusto mío, se apartó. Entonces, estoy segura de haber oído el clic de una cerradura, lo cual hizo que me sentara en la cama de un salto y gritara su nombre, temerosa de que se hubiese marchado, convencida de que había hecho algo mal. Pero luego me sentí aliviada al notar que me ponía la mano sobre el estómago. Me imaginé que la puerta había hecho ruido. Debió de ser eso. Pero no pude evitar percibir un cambio sutil en el ambiente, porque el vivo deseo y la amenaza que devoraban la habitación no parecían ser suyos. Enseguida olvidé el pensamiento porque se colocó entre mis muslos, me alzó los brazos sobre la cabeza con sus fuertes manos, sentí su aliento cálido en mi cuello… y su cuerpo pesado, perfecto.

Una corbata de seda enrollada de algún modo alrededor de mis muñecas y mis brazos fue atada al armazón de la cama. No se me ocurrió que él no podía haberlo hecho sin ayuda. Que estaba sobre mí, incapaz de manipular mis brazos. Pero en ese momento manipulaba mi cuerpo, mi mente, y yo era una víctima del deseo.

Levantó su cuerpo separándolo del mío y yo gemí, incapaz de alcanzarlo. De nuevo, el silencio. Y el rozar de una tela. Más sonidos extraños. Transcurrieron unos segundos muy largos y recuerdo el escalofrío que serpenteó por mi piel. El sentimiento de terror que se ovilló en mi estómago. Y, entonces, el momento que no olvidaré hasta el día en que me muera. El momento en que sentí que el acero de un cuchillo rozaba mis labios. El momento en que prometió que había placer en el dolor. El momento en que la hoja recorrió mi piel, demostrándome que cumpliría su promesa. Y entonces supe que me había equivocado. Él no era peligroso. Y el chocolate tampoco. Era letal, era una droga, y yo temía…

Un golpe en la puerta de casa me saca de sopetón de las seductoras palabras del diario que he estado leyendo, hasta el punto de que, del susto, casi lanzo la libreta por encima del hombro. Sintiéndome culpable, la cierro de golpe y la depositó en la mesita de centro de madera de roble sobre la que mi vecina y amiga Ella Ferguson la dejó la noche anterior. No tenía intención de leerla. Simplemente… estaba allí. Sobre esa mesita del salón. La abrí por distracción y me impresionó tanto lo que encontré que me costó creer que la autora de esas líneas fuese mi querida y dulce amiga Ella. Así que seguí leyendo. No podía dejar de hacerlo, no sé por qué. No lo entiendo. Yo, Sara McMillan, soy profesora de instituto y ni invado la intimidad de los demás ni disfruto con este tipo de lecturas. Es lo que me voy diciendo conforme me acerco a la puerta, pero no puedo negar que siento un ardor bajo el vientre.

Me detengo antes de recibir a las visitas y me llevo las manos a las mejillas, segura de que están completamente rojas, deseando que quienquiera que sea se vaya por donde ha venido. Me prometo que, si lo hace, no volveré a leer el diario, pero en el fondo sé que la tentación será muy fuerte. Dios bendito, me siento como Ella en la escena del diario: como si fuera la que espera un momento excitante más y luego otro. Lo que está claro es que las mujeres de veintiocho años no deberían pasar dieciocho meses sin sexo. Lo peor es que he invadido la intimidad de alguien a quien quiero.

Entonces se oye otro golpe en la puerta y asumo que no, que mi visita no se va a marchar. Me zarandeo a mí misma para mis adentros y tiro del dobladillo de mi vestido azul claro, el mismo que me he puesto hoy para la última clase de lengua de décimo grado antes del verano. Respiro hondo, abro la puerta y una fría bocanada del aire nocturno que sopla en San Francisco todo el año agita los largos mechones morenos que escapan de mi moño. Por suerte, refresca también el calor febril de mi piel. ¿Qué me pasa? ¿Cómo es que un diario me ha afectado con tal intensidad?

Sin esperar invitación, Ella pasa rápidamente por mi lado dejando a su paso una estela de perfume de vainilla y la visión de unos esponjosos rizos rojizos.

—Aquí está —dice, recogiendo el diario de la mesa—. Me he acordado de que me lo dejé aquí anoche.

Cierro la puerta, convencida de que mis mejillas vuelven a arder al percatarme de que ahora sé más de la vida sexual de mi amiga de lo que debería.

Aún no sé qué me llevó a abrir el diario, qué me hizo seguir leyendo.

Qué provoca, incluso ahora, que desee leer más.

—No me había dado cuenta —me disculpo, y quisiera retirar la mentira en el mismo instante en que la pronuncio. No me gustan las mentiras. He conocido a mucha gente que las dice y sé lo dañinas que pueden llegar a ser. No me gusta nada la facilidad con la que ésta se ha colado entre mis labios. Después de todo, se trata de Ella, que en este último año como vecina se ha convertido en mi confidente, en la hermana pequeña que nunca tuve. Juntas formamos la familia que ninguna de las dos posee o que, más bien, ninguna de las dos desea reconocer. Incómoda, me pongo a divagar, una mala costumbre provocada por los nervios y, al parecer, por la culpa.

—He tenido un día de clases muy largo —añado—, y tengo un montón de papeleo que terminar para el verano. Es una suerte que hayas podido librarte este año, aunque la verdad es que he tenido buenos alumnos y los he disfrutado. —Frunzo los labios y me digo que ya he hablado bastante, pero me encuentro con que no puedo evitar seguir haciéndolo—: Acabo de llegar hace un momento.

—Bueno, por suerte ahora tienes un poco de tiempo libre —comenta Ella, alzando el diario—. Lo traje anoche cuando quedamos para ver juntas la película de chicas. Quería leerte algunos pasajes.

Pero entonces David me llamó y ya sabes lo que vino después. —Una mueca de pena se dibuja en sus labios y el tono de su voz se carga de culpa—. Te abandoné como una mala amiga.

David es su novio, un médico guapísimo. Consigue de Ella todo lo que quiere y ahora soy consciente de hasta qué punto es cierto. La observo un momento. Con la piel tersa y joven, y ataviada con unos vaqueros y una camiseta morada, parece más una de mis alumnas que una profesora de veinticinco años.

—De todos modos, estaba cansada —le aseguro, pero me preocupa que haya perdido el norte con ese hombre diez años mayor que ella—.

Tenía que acostarme para estar fresca para las clases de hoy.

—Bueno, pues ya han terminado, así que guay. —Señala el diario—.

Y me alegro mucho de haber recuperado esto antes de mi cita de esta noche con David. —Mueve una ceja—. Preliminares. A David le va a encantar. Esto es tremendamente excitante.

Me quedo boquiabierta.

—¿Le lees tu diario? —Yo jamás me atrevería a leerle a un hombre pensamientos tan íntimos y personales, sobre todo si tratan sobre él—. ¿Y eso son los preliminares?

Ella frunce el ceño.

—No es mi diario, ¿recuerdas? Te lo conté anoche. Estaba entre las cosas que había en los trasteros que compré en esa subasta que hubo a principios de verano.

—¡Ah! —digo, aunque no recuerdo que Ella me contase nada del diario. De hecho, si hubiese sido así, estoy segura al cien por cien de que me acordaría—. Las subastas de trasteros a las cuales has estado acudiendo desde que te obsesionaste con el programa La guerra de los trasteros. No puedo creer que la gente almacene sus cosas en guardamuebles y luego no pague el alquiler y permita que se vendan al mejor postor.

—Pues lo hacen —afirma Ella—. Y no estoy obsesionada. Arqueo una ceja.

—Bueno, puede que lo esté —admite—, pero voy a ganar más del doble que lo que ganaría dando clases en la escuela de verano. Deberías apuntarte conmigo a la próxima subasta. Ya he conseguido un buen dinero con dos de los tres trasteros que compré. —Me muestra el diario—. Esto procede del último que he adquirido, el mejor. Tiene obras de arte por las que me darán billetes de los grandes. Y por el momento he encontrado tres diarios absolutamente fascinantes. Dios, no puedo parar de leerlos. Era una mujer como tú y como yo, pero, por alguna razón, se vio atraída por el lado oscuro de una pasión terriblemente excitante.

Tiene razón, de hecho me vuelvo a sentir excitada al recordar las palabras que hay en esas páginas. Casi puedo imaginar la voz suave y seductora de esa mujer mientras me susurra su historia. Intento concentrarme en lo que Ella está diciendo, pero no dejo de preguntarme cosas sobre esa mujer, como dónde estará o quién será.

—¡Ay, Dios! —exclama Ella—. Te estás ruborizando. Tú has leído el diario, ¿no?

Palidezco.

—¿Cómo? Yo… —De pronto me quedo sin palabras. Pierdo un poco la compostura y me hundo sin remedio en un sillón marrón acolchado frente a Ella, atrapada en la trampa de mi propia mentira—.

Yo… Sí, lo he leído.

Me pide un cojín y clava inquisitiva sus ojos verdes en mí.

—¿Y pensaste que lo había escrito yo?

Le lanzo una mirada vacilante.

—Bueno…

—¡Vaya! —dice ella, que se toma mi respuesta, o más bien mi falta de respuesta, como una confirmación—. Pensaste… —Niega con la cabeza—. Me quedo muda. Si hubieses leído las partes buenas, ni se te hubiese ocurrido pensar que era yo. Pero te estás sonrojando como si las hubieras leído.

—He leído partes que eran… bastante explícitas.

Ella resopla.

—Y asumiste que yo las había escrito. —Vuelve a negar con la cabeza—. Y yo que creía que me conocías... Pero, caray, ya me gustaría a mí vivir algo así aunque sólo fuera una noche tórrida. En la vida de esa mujer hay un erotismo misterioso que resulta… —se estremece— inquietante. Eso, ella, me altera.

En cierto modo, me consuela saber que a ella la afectan tanto como a mí las palabras que hay en esas páginas, no sé por qué. ¿Por qué demonios necesitaré yo que me consuelen? No es lógico. No hay lógica ninguna en mi reacción ante esa desconocida.

—Cuando David y yo hayamos terminado con el diario —continúa

Ella, devolviéndome a la conversación—, hará fotos de algunas de las páginas más íntimas para posibles compradores y las colgaremos en eBay. Nos van a reportar mucho dinero. Estoy convencida.

La miro boquiabierta, asombrada ante la idea.

—¡¡No pretenderás en serio vender las confidencias de esta mujer en eBay!!

—Pues claro que sí —responde ella—. Se trata de ganar dinero.

Además, por lo que sabemos, todo es ficción.

Se expresa con frialdad y eso me sorprende. No es la Ella que conozco.

—Estamos hablando de los pensamientos íntimos de una mujer,

Ella. No creo que quieras hacer dinero a expensas de su dolor.

Me mira extrañada.

—¿Qué dolor? A mí me parece que todo es placer.

—Todas sus pertenencias fueron subastadas. Eso no es placentero.

—Supongo que su novio rico se la llevó a un lugar exótico donde estará viviendo a lo grande. —Su voz se torna seria—. Tengo que pensar así para hacer esto, Sara. Por favor, no hagas que me sienta culpable. Necesito el dinero, y, de no hacerlo yo, lo haría otro comprador.

Abro la boca para replicar pero me contengo. Ella está sola en el mundo, su única familia es un padre alcohólico que las más de las veces no sabe siquiera su propio nombre y, mucho menos, el de ella.

Sé que está convencida de que debe tener dinero para un caso de emergencia. Conozco muy bien ese sentimiento. Yo también estoy sola. Casi siempre. Pero ahora mismo no quiero pensarlo.

—Lo siento —le digo. Y se lo digo de corazón—. Sé que es bueno para ti. Me alegro de que esté saliendo bien.

Sus labios se curvan ligeramente y acepta mis disculpas con un asentimiento antes de levantarse. Yo también me levanto y la abrazo. Ella sonríe y su estado de ánimo se transforma en la alegría repentina que tan a menudo aporta a mi vida. Quiero a Ella. La quiero de verdad.

—David y yo estamos deseando practicar un poco de esta fascinante actividad esta noche —comenta con voz maliciosa—. Me tengo que ir pitando. —Se ríe y se despide diciéndome adiós con los dedos—. Que disfrutes de tu noche. Yo lo voy a hacer seguro.

Vuelvo a dejarme caer en el sillón y miro cómo se cierra la puerta.

El sonido de unos golpes me traslada una vez más de la dicha al pánico.

Me siento en la cama, desorientada y aturdida, y miro el reloj. Son las siete de la mañana de mi primer día sin clases.

—¿Quién demonios estará aporreando la puerta? —refunfuño.

Aparto las sábanas y deslizo los pies en las zapatillas de felpa rosa que uno de mis alumnos me regaló las Navidades pasadas. Me pongo la larga bata rosa que no es del mismo tejido pero lleva escrita la palabra «rosa» en la espalda. Vuelven a llamar a la puerta.

—¡Sara, soy yo, Ella! —Oigo mientras salgo arrastrando los pies hacia el salón—. ¡Corre, corre!

Me asusto no sólo porque es obvio que Ella está en estado de pá- nico, sino porque, al contrario que yo —no me gusta desperdiciar ni un solo segundo del día—, Ella no se levanta antes del mediodía los días en que no tiene que madrugar. En el momento en que tiro del picaporte de la puerta para abrirla, me echa los brazos al cuello y anuncia:

—¡Voy a fugarme!

—¿Fugarte? —digo con voz entrecortada, y entonces me aparto y tiro de Ella hacia el interior de la casa, a resguardo del frío matinal. Todavía lleva la misma ropa de la noche anterior—. ¿De qué hablas?

¿Qué pasa?

—¡Anoche David me propuso matrimonio! —exclama emocionada—.

Apenas puedo creerlo. Volamos a París esta misma mañana.

—Mira su reloj y chilla—. ¡Dentro de dos horas! Me pone algo en la mano.

—Ésta es la llave de mi casa. Sobre la mesa de la cocina encontrarás el diario y la llave del guardamuebles. Si no se vacía en dos semanas, hay que alquilarlo o su contenido se vuelve a subastar. Así que hazte cargo y vende las cosas. El dinero te lo quedas tú. O pasa. Hagas lo que hagas, no importa. —Sonríe—. ¡Porque me fugo a París y luego me voy de luna de miel a Italia!

De pronto, me invade una actitud protectora hacia Ella. No quiero que nadie le haga daño, y nunca la he oído decir que ame a David.

—Sólo lo conoces desde hace tres meses, corazón. Yo nada más lo he visto una vez. —Siempre, y de manera muy oportuna, tenía que ausentarse cuando íbamos a quedar los tres.

—Lo quiero, Sara —me dice, como si pudiese leerme el pensamiento—. Y es bueno conmigo. Tú lo sabes. No, no lo sé, pero mientras busco la forma más adecuada de decírselo, ella se dirige hacia la puerta.

—Ella…

—Te llamaré cuando llegue a París, así que ten el móvil a mano.

—¡Espera! —le ordeno, agarrándola del brazo—. ¿Cuánto tiempo estarás fuera?

Sus ojos brillan de emoción.

—Un mes. ¿No es alucinante? Un mes entero en Italia. Me parece un sueño. —Me abraza y me besa en la mejilla—. Como los alumnos no empiezan hasta octubre por la extensión de jornada, ¡me voy un mes entero! ¿Te lo puedes creer? Nunca volveré a quejarme de tener que hacer más horas. Todo un mes en Italia: ¡es un sueño! Te llamaré. Y cuando volvamos organizaremos una fiesta.

Sus ojos se ablandan.

—Sabes que quería tenerte a mi lado cuando pasara por esto, ¿verdad? Pero David sabía que no tengo familia. Quería llevarme lejos rápidamente para que no resultara doloroso. —Juguetea con el frunce que siempre aparece entre mis cejas cuando arrugo la frente—. Deja de poner esa cara. Estarás hecha una pasa cuando seas vieja. Y yo estoy bien. De hecho, estoy perfecta.

—Más te vale —le digo, intentando poner mi mejor voz de profesora, pero tengo tal nudo en la garganta que no consigo más que croar la advertencia—. Llámame en cuanto llegues para que sepa que estás bien. Y quiero fotos. Muchas fotos.

Ella esboza una amplia sonrisa.

—Sí, señorita McMillan. —Se gira y se marcha a toda prisa, despidiéndose otra vez pero por encima del hombro, justo antes de doblar la esquina. Se ha ido y estoy intentando contener unas lágrimas inesperadas que ni siquiera comprendo.

Me siento feliz por Ella, pero a la vez estoy preocupada. Siento…

No estoy segura de lo que siento. Una pérdida quizá. Mis dedos se cierran alrededor de las llaves y de pronto me doy cuenta de que acabo de heredar un guardamuebles y los diarios que juré no volver a leer.

Y, entonces, el momento que no olvidaré hasta el día en que me muera. El momento en que sentí que el acero de una hoja de un cuchillo rozaba mis labios. El momento en que prometió que había placer en el dolor.

Esas palabras del diario se repiten en mi cabeza la tarde siguiente, justo el día de la veloz partida de Ella. Me persiguen hasta el punto de dejarme helada cada vez que las pienso. Son la razón por la que me encuentro aquí, dentro de un almacén climatizado del tamaño de un garaje pequeño, que supongo fue alquilado por la persona que lo escribió. Por suerte, todavía no se ha hecho de noche y el barrio es tranquilo. Me quedo aquí parada, sin saber qué mirar primero e incómoda ante la idea de rebuscar entre las cosas de una desconocida.

El momento en que prometió que había placer en el dolor. Las palabras se repiten en mi cabeza espontáneamente. Me estremezco, y no sólo porque el diario sea excitante de forma explícita. No debería sentir deseo en el dolor y el bondage. Me niego a sentirme así. Me preocupa esta mujer misteriosa. Además, soy hija de mi padre, igual que mi madre ha sido esposa de mi padre, es decir, marionetas que no se atrevían siquiera a andar por donde él había pisado. Mi madre logró escapar de él al morir y yo opté por echarlo de mi vida desde entonces. A pesar de llevar cinco años sin él, aún soy consciente de que los efectos de su mano dura todavía tienen muchísima presencia en mi vida.

Aprieto los dientes al recordarlo. No tengo ni idea de por qué mi mente ha viajado a lugares a los que intento no regresar jamás. Me obligo a volver a centrarme en el mobiliario y las cajas cuidadosamente apiladas y alineadas en las paredes, así como en lo que parece un cuadro muy bien embalado. Una vida dejada atrás, olvidada. ¿Quién actuó así? ¿Quién dejó atrás cosas que le importaban lo suficiente como para embalarlas con cuidado y ordenarlas? No me trago que un novio rico se haya llevado a esta mujer a un país exótico. Nadie que no haya conocido la mala suerte, o quizás incluso la tragedia, haría algo semejante. No tengo la intención de añadirle problemas a esta mujer al vender sus cosas. «No es “esta mujer” —me corrijo—. Se llama Rebecca Mason.» Es lo que ponía en los papeles, aunque el encargado no quiso darme su número de teléfono y dijo que «de todas formas no lo tiene operativo».

«Voy a encontrar el modo de ponerme en contacto contigo y devolverte tus cosas», susurro a la habitación, como si hablase con Rebecca, y un escalofrío me recorre la espalda. Siento como si ella estuviese aquí, como si le estuviese hablando…, y me resulta espeluznante.

Por alguna razón, eso hace que me reafirme en mi intención de buscarla.

Suspiro al darme cuenta de que lo que implica mi promesa es nefasto.

Tengo que invadir su intimidad y rebuscar entre sus cosas para encontrar la manera de dar con ella, la manera de devolverle lo que queda de su vida. «Si es que está viva», pienso tristemente, rodeándome con los brazos. «Basta», me digo, regañándome. No va conmigo pensar en la muerte. Ni siquiera me gustan las películas de miedo. Bastantes monstruos de carne y hueso tiene ya el mundo como para crear otros imaginarios. Puede que haya una razón feliz por la que Rebecca haya dejado su vida atrás. Igual le ha tocado la lotería. Eso es. Sí. «Había una buena razón para que abandonaras tus cosas.» No es muy probable, pero existe esa posibilidad. Una posibilidad entre diez millones, supongo, pero la hay. Así que ¿por qué esta idea no consigue en absoluto mitigar la sensación de misterio y vacío que transmite la habitación? Deseando acabar cuanto antes, dejo el bolso en el suelo y me paso las manos por los vaqueros desvaídos. Examino las cosas que me rodean hasta que me fijo en una caja que lleva la etiqueta documentos personales. Parece el sitio adecuado para encontrar información de contacto, si es que la hubiera.

Dos horas más tarde, estoy sentada contra una pared, hojeando una información que no es de mi incumbencia. Registros escolares, facturas y papeleo legal que da cuenta de la modesta herencia que recibió hace tres años al morir su madre, su último pariente vivo. Pienso en mi madre, en la mujer que intentó por todos los medios protegerme de mi padre pero que nunca hizo nada para protegerse a sí misma. Cierro los ojos con fuerza y me pregunto si el dolor por su pérdida desaparecerá algún día. Si es que desaparece… Ella fue mi mejor amiga, mi confidente más cercana. Me pregunto si Rebecca estaba tan apegada a su madre como yo a la mía. Si le dolió su pérdida como a mí me dolió la de mi madre, como me sigue doliendo.

Hago el esfuerzo de volver a concentrarme en los papeles y me doy cuenta de que no voy a dar con ningún pariente que me lleve hasta Rebecca. Pero, por suerte, el correo y un montón de cartas del banco me han proporcionado al menos su dirección, aunque no me fío mucho de que sea la correcta. Viendo que no avanzo mucho más en la búsqueda, vuelvo a echar todo en la caja y me levanto entumecida y con los miembros agarrotados; y eso que salgo a correr todas las mañanas…

—Inténtalo en el tocador —dice una voz masculina a mis espaldas.

Grito, me giro y en la puerta me encuentro a un hombre que lleva el uniforme de la empresa de guardamuebles. Se me eriza el vello de la nuca y todos mis sentidos se ponen en estado de alerta.

Es un hombre atractivo, en mitad de la treintena: rubio, bien afeitado, con el pelo corto y de punta; pero el misterioso interés que hay en sus ojos hace saltar en mí todas las alarmas. La habitación, pequeña ya de por sí, se encoge y se cierne sobre mí, y la sensación de inquietud que no he logrado desechar ya no flota en el ambiente, sino que se centra en mí como un peso invisible que recae sobre mis hombros y mi pecho.

—¿Tocador? —consigo graznar a pesar de tener la garganta seca.

—Todo el mundo tiene un cajón secreto en su cuarto —afirma.

Entonces, baja la voz hasta convertirla en un susurro—. Un lugar casi tan personal como sus almas.

Me pongo tensa porque de pronto noto que una nueva oleada de inquietud me recorre todo el cuerpo. «Ha estado aquí dentro.» Estoy completamente convencida. «Ha estado mirando las cosas de Rebecca y sabe lo que hay en ese cajón.» No me gusta este hombre, y de pronto me doy cuenta de que estoy a solas con él a kilómetros de la carretera principal y que no hay nadie más por aquí. O, al menos, que yo haya oído o visto hasta el momento.

—No pretendo conocer sus secretos —replico con convicción y manteniendo un tono sorprendentemente calmado para lo que me tiemblan las rodillas—. Lo que quiero es localizarla para devolverle sus cosas.

Él me observa un buen rato y su mirada es tan penetrante como la inquietud que sigue creciendo en mi interior. Finalmente, cuando estoy a punto de asfixiarme en el silencio, dice:

—Te lo vuelvo a repetir. Mira en el cajón. —Esboza una sonrisa burlona y se aparta de la puerta—. Volveré a las nueve para cerrar el edificio. Espero que hayas salido para entonces —Y, sin decir una palabra más, se marcha.

No me muevo. No puedo moverme. Quiero cerrar la puerta de un portazo, pero no me atrevo porque se cierra desde fuera y sólo de pensarlo me da pavor. Los segundos van pasando y espero que los pasos de ese hombre se pierdan en la distancia. Lejos. Sí. Lejos. Tengo que alejarme de este lugar. Me acerco rápidamente al reluciente tocador de caoba que hay junto a la pared y abro de golpe el primer cajón de la derecha. Cielos, tengo un nudo en la garganta y amenaza con asfixiarme. Me detengo y me obligo a inspirar y espirar lentamente.

Cuento hasta treinta y ya puedo volver a respirar. Estoy bien. Todo está bien. Abro el cajón de la izquierda y la respiración que he logrado recuperar empieza a renquear cuando veo su contenido. Una caja de terciopelo de treinta por veinte centímetros con cerradura. Un pañuelo rojo de seda. Tres diarios encuadernados en cuero rojo.

Mis dientes juguetean con mi labio inferior. Lanzo una mirada rápida hacia el pasillo y luego de vuelta al cajón. A pesar de los nervios, me siento intrigada, pero me asusta la idea de que ese hombre tan repulsivo vuelva a aparecer.

Me concentro de nuevo deprisa en el cajón y busco la llave de la caja mientras me digo que podría haber información de contacto en su interior. Que esto no responde a mi curiosidad carnal. Abro cada uno de los diarios y los agito para que caigan los papeles sueltos que puedan contener. De uno de ellos sale un folleto y lo aparto, dejando en el proceso unos cuantos más al descubierto.

Recojo uno en el que pone: Galería de arte Allure, San Francisco. Son todos folletos de Allure. De todas las galerías de San Francisco, Allure es la más grande y prestigiosa. Recuerdo que Ella había comentado que había obras de arte en el trastero. Al parecer, a pesar de lo distintas que son nuestras vidas amorosas, Rebecca y yo compartimos el interés por el arte. Me gusta mucho todo lo que tenga que ver con esta disciplina, desde la historia hasta el proceso creativo. Hubo un tiempo en que me hubiese cortado la mano derecha con tal de trabajar en ese mundo. Es para lo que estudié, lo que había soñado.

Un sueño al que renuncié hace años, cuando la vida, las facturas y las responsabilidades se antepusieron a todo lo demás.

Fuera se oye un ruido espantoso y casi me da un patatús del susto. Me llevo la mano al pecho para evitar que se me salga el corazón por la boca. Un trueno. Era el sonido de un trueno. Se avecina una tormenta. Otro estruendo hace temblar las paredes y resuena como en una cueva; casi como un presagio de advertencia que me dice que salga corriendo de una puñetera vez. Ay, por Dios, mi imaginación se está desbocando, pero no voy a ignorar mi inquietud.

Agarro el bolso y apilo los diarios en mis brazos, acto que justifico diciéndome que son la única esperanza que tengo de encontrar una pista sobre el paradero reciente de Rebecca. Estoy a punto de salir de la habitación, pero dudo un instante y vuelvo corriendo al cajón para coger la caja. Las manos me tiemblan mientras consigo hacer malabarismos con lo que me llevo y ponerle el candado al trastero.

Recorro rápidamente un pasillo estrecho y apenas iluminado, pasando por delante de filas de guardamuebles como el que acabo de dejar. Me siento como Alicia en el País de las Maravillas a punto de ser engullida por la madriguera del conejo. Salgo por una puerta tipo garaje y me encuentro en un aparcamiento que se ha oscurecido a causa de la tormenta que se aproxima. ¿Cómo es que el tiempo ha pasado tan rápido?

Avanzo medio andando medio corriendo en un silencio furtivo gracias a mis Nike azul claro hasta recorrer la distancia que hay entre mí y mi Ford Focus plateado. Todavía tengo las llaves en el bolso y no entiendo por qué no las he sacado antes. Dejo las cosas sobre el capó con la intención de rebuscar en su interior y se me cae uno de los diarios. Intento cogerlo y se me cae otro.

—Maldita sea —mascullo, y me agacho y los recojo, pero se me vuelve a erizar el vello de la nuca y, a pesar de las frías gotas que me golpean la frente, no me levanto. Dirijo la mirada a una sombra que hay junto a la puerta abierta del garaje, pero no consigo ver a nadie. Me incorporo de golpe, con el estómago revuelto. «Métete en el coche. ¿Qué haces fuera del coche?»

Con las manos temblorosas, busco las llaves y maldigo esta inusitada paranoia de la que no consigo escapar. Abro la puerta de par en par, arrojo dentro el bolso y entro, dejando con nerviosismo la caja y los diarios sobre mi regazo. Me falta tiempo para cerrarla. Espiro con fuerza al oír el clic que me deja encerrada dentro y apilo de forma desordenada los diarios y la caja en el asiento del copiloto.

Estoy a punto de arrancar el motor cuando algo me hace dirigir la mirada a un lado del edificio del que acabo de salir y ahogo un grito.

De pie, entre las sombras, bajo un pequeño toldo y con una pierna apoyada en la pared, está el hombre que ha venido a visitarme unos minutos antes. Observándome.

Giro la llave de contacto y doy gracias para mis adentros cuando veo que el motor arranca. Me falta tiempo para salir de allí. A mitad de camino a casa, la tormenta estalla sobre la ciudad en un frenesí de intensa lluvia y cegadores relámpagos, razón sin duda por la que, a pesar de ser viernes por la noche, no hay ni un solo aparcamiento cerca de mi bloque. Dando gracias porque un cargamento de trabajos para corregir hizo que me comprara un bolso del tamaño de una maleta pequeña, meto en él la caja y los diarios para protegerlos del aguacero. Tras una húmeda carrera y con el pelo y la ropa chorreando, enciendo las luces de mi casa. Tardo más en cerrar la puerta y echar el cerrojo de lo que he tardado en salir del guardamuebles.

Puede que me esté dejando llevar por mi imaginación en lo referente al misterio de Rebecca Mason, pero siento como si me hubiesen estado acechando. El hombre del guardamuebles me puso los pelos de punta. Tiemblo sólo de pensar en él. Bueno, por eso y porque estoy chorreando y porque, aunque estamos en agosto, según las noticias hace diez grados en el exterior.

Se está formando un charco a mis pies, y rápidamente saco la caja y los diarios del bolso empapado, los coloco sobre la alfombra seca y me quito la ropa allí mismo, en la entrada. La alfombra color tabaco es un imán para la suciedad, pero en una casa alquilada uno tiene que conformarse con lo que hay. Me dirijo al baño, pero vacilo y vuelvo sobre mis pasos para coger el móvil porque me siento mejor si lo tengo a mano, aunque me digo a mí misma que es para llamar a Ella. Me meto en la bañera y marco su número esperando que sepa dónde encontrar a Rebecca y para poder oírle decir que está bien y feliz. Una voz me indica que está apagado o fuera de cobertura, pero no puedo evitar preocuparme. Soy un manojo de nervios y me estoy volviendo loca.

Tres cuartos de hora más tarde, recién bañada, con unos pantalones cortos de color rosa y una camiseta a juego, el pelo sedoso, seco y oliendo a mi champú favorito con esencia de rosas, me reprendo por ser tan paranoica. Me dirijo al frigorífico en busca de la respuesta a todos mis problemas: medio litro de helado de tarta Boston de Ben & Jerry’s. Mi mirada se desliza sobre los objetos personales de Rebecca, que siguen en la entrada junto a la ropa tirada. Tenía que haberme quedado en el trastero hasta encontrar la información. Ahora no tengo más remedio que buscar lo que necesito entre las páginas de esos diarios. O en la caja… que no puedo abrir. Ni siquiera estoy segura de por qué la he traído.

Unos minutos más tarde, estoy sentada en el sofá con mis amigos Ben y Jerry, la pila de diarios y la caja colocada sobre la mesita de centro. Una caja que no sé cómo abrir sin riesgo de estropearla.

Sin más remedio, cojo un diario y lo abro. En él se lee 2011 con una delicada letra femenina. Sin mes. Me pregunto si fue escrito antes o después del diario que Ella se dejó anoche en casa.

Hojeando las páginas, intento buscar palabras que puedan conectarse a un lugar de trabajo y, de paso, recopilar pequeños fragmentos de la vida de Rebecca.

Era una noche calurosa y mi cuerpo estaba sediento.

Inspiro y paso la página ante el claro indicio de algo más privado que un lugar de trabajo. Esta mujer tiene un vocabulario florido, exó- tico. ¿Quién escribe así?

Mi vida cambió el día en que entré en la galería.

Vale, esto me llama la atención por las razones adecuadas. Está claro que la galería es donde tengo que buscar a Rebecca. Pero ¿trabajaba allí o era clienta? ¿O acaso era una artista?

Sigo leyendo, en busca de respuestas.

He cambiado. Me ha cambiado. Este mundo me ha cambiado. Él dice que sólo me ha ayudado a sacar a la luz mi verdadero yo. Y ya ni siquiera sé quién soy en realidad. «¿Quién es él?», susurro al texto. Los lugares en los que me interno, tanto física como emocionalmente, son sombríos y peligrosos. Y, aun sabiéndolo, me dirijo hacia donde él me conduce, hacia donde ellos me conducen.

Frunzo el ceño pensando en la entrada del diario que leí anoche, en la cual alguien había entrado en la habitación donde a Rebecca le habían vendado los ojos y atado a la cama.

¿Cómo es posible que el miedo resulte excitante? ¿Cómo puede el miedo llenarme de ansia, ardor y deseo? Pero el caso es que deseo, necesito y me atrevo a hacer cosas que nunca me creí capaz de hacer. ¿Realmente soy así? La idea me aterra hasta lo más profundo de mi ser. No es posible que sea yo. Yo no soy esta persona. Pero, en realidad, más que el miedo a ser alguien a quien no reconozco, me asusta la idea de no ser esta persona. De volver al pasado. De ser de nuevo la buena chica de vida tediosa que rellena papeles de nueve a cinco en el trabajo. Siempre infeliz, nunca satisfecha. Al menos ahora siento algo. La sensación de terror es mucho mejor que la de dejarse vencer por el aburrimiento.

La emoción ante el desconocimiento de lo que viene después es mucho mejor que saber que todos los días serán idénticos. Sin expectación, sin sentir nada jamás. No. No puedo regresar. Pero, entonces, ¿por qué me aterra tanto seguir adelante con esto?

Un trueno retumba sobre mi cabeza y el sobresalto me saca por un momento de mi ensimismamiento. Miro hacia la ventana, donde la lluvia golpetea el cristal, y me enrosco distraída en un rincón del sofá, pensando en lo que acabo de leer. Soy muy distinta a la mujer que escribe estos diarios, y, sin embargo, siento una extraña conexión con sus palabras. Adoro a mis alumnos, pero me duele animarlos a perseguir sus sueños sabiendo que yo no he perseguido los míos. Sabiendo que mis palabras son una hipocresía. Sé bien lo que se siente al ver pasar los días, consciente de que no estoy más cerca de alcanzar mis sueños. Existen muy pocos puestos de trabajo en el mundo del arte, y están tan mal pagados que no puedo convertir mi pasión en mi profesión.

Una exhalación de arrepentimiento se desliza entre mis labios y vuelvo la mirada a la página. Estoy perdida en un mundo que no es mío y nunca lo será, pero que, de algún modo, en este momento lo es.

Tres horas más tarde, el aguacero se ha convertido en una llovizna y ya no estoy repantingada en el sofá. Entre una cosa y otra, me he leído los tres diarios, que han pasado de ser eróticos y emocionantes a convertirse en aterradores directamente. Estoy incorporada en el asiento, rememorando las palabras de la última entrada.

Quiero salir. Esto ya no es una urgencia. Ya no resulta excitante. Pero él no me dejará salir. No me dejará ir. Y no sé cómo escapar. Esta noche estuvo en la exposición mirándome, acechándome. Quise salir corriendo. Quise esconderme. Pero no lo hice. Estaba hablando con un cliente y al minuto siguiente me vi en un rincón oscuro y él estaba dentro de mí. Cuando acabó, me acarició el pelo y prometió que nos veríamos más tarde. Esta noche. En cuanto me quedé sola, corrí a la habitación de control de cámaras para coger la cinta, para evitar que él se adueñara de ella y por tanto de mí. Pero no estaba. Se la había llevado. Y ahora… Y eso era todo. Nada más. Como si algo o alguien la hubiera interrumpido y hubiese dejado de escribir.

Contemplo la página en blanco con el corazón retumbándome en el pecho. ¿Estos diarios fueron escritos antes o después del que estuve leyendo la noche anterior? Me lo vuelvo a preguntar. Porque si se escribieron antes sabría que Rebecca está bien. Llamo a Ella y de nuevo me encuentro con la voz que informa de que está apagado o fuera de cobertura que no quiero oír. Frustrada, me levanto de un salto y paseo por la habitación pasándome los dedos por el pelo alborotado. Rebecca Mason debe de haber dejado la ciudad, por eso sus cosas estaban en el guardamuebles.

Pero ¿por qué no ha vuelto a por ellas ni ha pagado el alquiler? Aprieto los puños a ambos lados de mi cintura y luego me fuerzo a abrirlos lentamente, obligo a mis hombros a relajarse. Intento calmarme y pensar con lógica. No hay razón por la que apresurarse a sacar conclusiones. Me limitaré a llamar a la galería y localizaré a Rebecca, descubriré que todo está bien y le devolveré sus cosas. Fin de la historia. Bien. Perfecto. Y luego seguiré con mis clases de recuperación.

Cojo el teléfono de la mesa con intención de hacer la llamada y enseguida me detengo. Son más de las doce de la noche y he intentado llamar a Ella aunque no sé qué hora es en París; y ahora estoy intentando llamar a la galería de arte. Un ejemplo de calma y serenidad.

Hay algo en Rebecca Mason que ha traspasado las páginas del diario y se ha convertido en personal. Me he transformado en ella mientras leía esos diarios. Siento una conexión tan íntima con esta desconocida que me resulta inquietante. O quizá, como pienso con ironía, mi vida es tan aburrida que estoy desesperada por encontrar un poco de emoción. Como Rebecca antes de conocer a ese hombre.

Con este pensamiento, me abrazo a mí misma y me voy a la cama.

No sin antes coger los diarios y llevármelos conmigo.

Autor : Paola

"A los que buscan aunque no se encuentren; a los que avanzan aunque se pierdan; a los que viven aunque se mueran"

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