1er capítulo de la sumisa

1er capítulo de la sumisa
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—Señorita King —dijo la recepcionista—, el señor West ya puede recibirla.
Me levanté, preguntándome por vigésima quinta vez qué estaba haciendo allí, y abrí la puerta para entrar en su despacho. Había atravesado toda la ciudad para hacerlo. Al otro lado de aquella puerta estaba mi más oscura fantasía: sólo tenía que cruzarla para empezar a hacerla realidad. Cuando se abrió y entré, me sentí orgullosa de que no me temblaran las manos.
Paso uno: conseguido. Nathaniel West estaba sentado tras un enorme escritorio de caoba y tecleaba en un ordenador. No levantó la vista ni redujo el ritmo de sus pulsaciones. Ni siquiera pareció advertir mi presencia.
Yo bajé la mirada por si acaso.
Me quedé muy quieta y esperé, con la vista fija en el suelo, los brazos colgando a los costados y los pies separados la distancia exacta de la anchura de mis hombros.
Ya hacía un rato que se había puesto el sol, pero la lámpara del escritorio proyectaba una luz tenue que iluminaba la estancia. ¿Pasaron diez minutos? ¿Veinte?
Él seguía tecleando. Empecé a contar mis inspiraciones y al poco mi corazón aminoró la acelerada velocidad a la que había empezado a latir ya antes de que entrara en el despacho. Pasaron otros diez minutos. O quizá fueron treinta.
Entonces dejó de teclear.
—Abigail King —dijo. Me sobresalté un poco, pero mantuve la cabeza gacha. Paso dos: conseguido.
Oí cómo cogía un montón de papeles y los golpeaba sobre el escritorio para apilarlos ordenadamente. No tenía mucho sentido. Por lo que había oído decir sobre Nathaniel West, los documentos ya debían de estar perfectamente ordenados. Era otra prueba. Empujó la silla hacia atrás y por un momento el único ruido que se oyó en la silenciosa habitación fue el sonido de las ruedas desplazándose por el suelo de madera. Luego echó a andar con calculados y pacientes pasos, hasta que lo noté detrás de mí. Me apartó el pelo del cuello con una mano y me rozó la oreja con su cálido aliento:
—No tienes referencias. 

No las tenía. Aquello era sólo una loca fantasía. ¿Debía decírselo? No. Tenía que permanecer en silencio. Se me disparó de nuevo el corazón.
—Quiero que sepas —prosiguió—, que no estoy interesado
en entrenar a ninguna sumisa. Mis sumisas siempre han estado perfectamente entrenadas.
Era una locura. Estar allí era una locura. Pero eso era lo que yo quería: deseaba estar bajo el control de un hombre.
No. No de cualquier hombre. De aquel hombre en concreto.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Abigail? —Se
enroscó mi melena en el puño y me dio un suave tirón—. Tienes que estar segura.

Yo tenía la boca seca y estaba bastante segura de que él podía oír los latidos de mi corazón, pero me quedé quieta donde estaba. Se rio y volvió a su escritorio.
—Mírame, Abigail.
No era la primera vez que veía su cara. Todo el mundo conocía a Nathaniel West, era el propietario y director general de Industrias West.
Pero las fotografías no le hacían justicia. Tenía la piel ligeramente
bronceada y su tono moreno resaltaba el intenso color
verde de sus ojos. Su espeso pelo negro parecía pedir a gritos que alguien hundiera los dedos en él, tirase y acercase esos labios para besarlos

Nathaniel tamborileó con los dedos sobre el escritorio. Sus largos y fuertes dedos. Cuando pensé en lo que podrían llegar a hacerme esos dedos, noté que se me aflojaban las rodillas. Frente a mí, él esbozó una sonrisa fugaz y me obligué a recordar dónde estaba. Y por qué.

Entonces habló de nuevo:
—No me interesa saber por qué me has enviado tu solicitud. Si te elijo y aceptas mis condiciones, tu pasado no tendrá ninguna importancia. —Cogió los papeles de mi solicitud y los examinó por encima—. Ya sé todo lo que necesito saber. Yo recordaba muy bien los datos que había incluido en la solicitud: las casillas que marqué en las listas, los análisis de sangre que pidió, incluso la especificación del método anticonceptivo que utilizaba. Por otra parte, él también me había hecho llegar su información para que pudiera revisarla antes del encuentro. Ahora sabía su grupo sanguíneo, los resultados de sus análisis, sus límites infranqueables y las cosas que disfrutaba haciendo con y a sus compañeras de juegos.
Nos quedamos en silencio durante varios largos minutos.

—No estás entrenada —dijo—. Pero eres muy buena.
Se levantó para acercarse al enorme ventanal que había tras su escritorio y se hizo el silencio una vez más. Como fuera estaba completamente oscuro, pude ver su reflejo en el cristal. Nuestras miradas se cruzaron y yo bajé la mía.
—Me gustas bastante, Abigail King. Pero no recuerdo haberte dicho que apartaras la vista.
Yo volví a mirarlo con la esperanza de no haber cometido un error irreparable.

—Sí, creo que nos iría bien un fin de semana de prueba. —Le dio la espalda a la ventana y se aflojó la corbata—. Si aceptas, vendrás a mi casa este viernes, exactamente a las seis. Yo me encargaré de que un coche te recoja. Cenaremos juntos y empezaremos a partir de ahí.
Dejó la corbata en un sofá que tenía a su derecha y se desabrochó el botón de arriba del cuello de la camisa.
—Debo advertirte que tengo ciertas expectativas respecto a
mis sumisas. Tendrás que dormir por lo menos ocho horas las noches del domingo al jueves. Seguirás una dieta equilibrada; ya te enviaré los menús por correo electrónico. También tendrás que correr un kilómetro y medio tres veces por semana. Y trabajarás la fuerza y la resistencia en mi gimnasio dos veces por semana; recibirás tu carné de socia mañana mismo. ¿Tienes alguna duda? Otra prueba. No dije nada.
Él sonrió.
—Puedes contestar.
Por fin. Me humedecí los labios.
—No soy especialmente atlética, señor West. No me gusta
mucho correr.
—Debes aprender a no dejar que te dominen tus debilidades,
Abigail. —Se acercó al escritorio y anotó algo en un papel—.
También asistirás a clases de yoga tres veces por semana. Las puedes hacer hacer en el gimnasio. ¿Alguna cosa más? Negué con la cabeza.
—Muy bien. Nos veremos el viernes por la noche. —Me entregó algunos papeles—. Aquí encontrarás todo lo que necesitas saber.
Cogí los documentos y esperé. Él volvió a sonreír.
—Puedes retirarte.

Autor: Jessi

"Un libro no es un conjunto de palabras impreso en papel, un libro es un mundo abierto a tu imaginación donde cada latir es un sueño".

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